
Oktoberfest: la boda real en Alemania que dio origen a la mayor fiesta de la cerveza del mundo (y cómo llegó a América Latina). Fuente de la imagen, Getty Images Cada año, desde 1950, en el primer sábado después del 15 de septiembre, el alcalde de Múnich, la capital de Baviera en Alemania, tiene una cita puntual. A exactamente las 12 del mediodía, tiene que estar en Theresienwiese (el prado de Teresa), una gran explanada cerca del centro de la ciudad, en una carpa, frente a un barril de cerveza y con un pesado mazo de madera en sus manos. Su misión es introducir un grifo de latón, con la menor cantidad de golpes posibles para evitar que la cerveza salpique. Cuando lo logra, grita "O'zapft is!" (¡Ya está abierto!), y exclama "Auf eine friedliche Wiesn!" (¡Por un Oktoberfest en paz!), dando paso al disparo de 12 salvas de cañón desde la escalinata de la monumental estatua de Baviera, la mujer que simboliza la fuerza, el orgullo y la identidad de la región. El sonido de los cañonazos es el pistoletazo de salida del festival folclórico más grande del mundo. Más de seis millones de personas llegan desde todos los rincones del planeta para celebrar las tradiciones bávaras. Muchos de los presentes, lugareños o no, lucen los trajes típicos de esa región alpina. Los hombres llevan lederhosen, unos pantalones cortos de cuero, decorados con bordados y sostenidos por tirantes; las mujeres visten dirndls, una blusa blanca, un corpiño ajustado y un delantal cuyo lazo delata su vida sentimental: atado a la izquierda significa soltería, y a la derecha, que el corazón ya está ocupado. Durante los 16 o 18 días que dura el evento, Theresienwiese se convierte en un gigantesco parque de atracciones, con tiovivos y montañas rusas. Pero la verdadera atracción son seis enormes carpas. En ellas se sirven ríos de cerveza, tanta como para llenar casi 3 piscinas olímpicas, a menudo acompañada con uno de los más de 1,2 millones de brezn, unos pretzels bávaros gigantes, horneados durante el festival. Todo es grande, abundante, bullicioso y alegre, y todo empezó hace más de dos siglos, con otra fiesta popular exuberante, aunque diferente, que no tuvo lugar en septiembre ni estrictamente en Alemania, pues faltaban seis décadas para que existiera como país. Fuente de la imagen, Getty Images Todas las noticias que necesitas están en World Service En 1809, la inteligente y bella princesa Teresa de Sajonia-Hildburghausen figuraba en la lista de candidatas a esposa de Napoleón Bonaparte, quien buscaba una mujer de sangre real. Casi toda Europa estaba bajo el control o la influencia del emperador francés. Alemania no existía como un país unificado; era un mosaico de pequeños reinos y ducados. Luis, el príncipe heredero del recién proclamado reino de Baviera, sentía un rechazo visceral hacia la imposición cultural y militar francesa, y era uno de los grandes promotores del incipiente nacionalismo cultural germano: el sueño de una identidad compartida por encima de las fronteras. Así que viajó a conocer a Teresa y le propuso matrimonio casi de inmediato: una unión con una princesa de un ducado germánico, en plena guerra napoleónica, era una jugada maestra. "Me caso sin pasión, ya que es más provechoso para el futuro", le escribió a su hermana, la princesa Carolina Augusta de Baviera. La falta de amor no era rara en los enlaces reales. Lo insólito fue cómo lo celebraron. En vez una ceremonia a puerta cerrada con la aristocracia, invitaron al pueblo a una fiesta descomunal de 5 días, con la ciudad iluminada, ópera y baile gratis, mesas con comida y cerveza costeadas por el rey en plazas y tabernas. Hubo hasta desfiles infantiles con trajes típicos de regiones recién anexadas al reino, como Franconia y Suabia, pues la corona bávara quería más que una fiesta. Según varios historiadores, la celebración fue diseñada para que comunidades culturalmente distintas se percibieran como una sola nación. Culminó el 17 de octubre con una carrera de caballos en un campo extramuros a la que acudieron unas 40.000 personas. No parece mucho comparado con los millones que llegan hoy al mismo lugar, hasta que se tiene en cuenta que, según el Servicio de Estadística de la Ciudad de Múnich, en 1810 la ciudad tenía apenas 40.638 habitantes.